Bien sabido y comentado hasta el hartazgo es que en el arte parece que ya no quedan ideas. Sea en la música, la pintura o la moda, da la impresión, parece que todo ha sido dicho y lo único que nos presenta es un refrito de lo que se hizo hace décadas con más o menos gusto. Parece que, cada vez más, estamos abocados a consumir productos homógeneos que intentan buscar la singularidad a golpe de eslógan y no de trabajo y que ofrecer algo original y diferente releva de la proeza.

Esto es sin embargo lo que consiguió hacer un pintor casi desconocido, Eduard Alcoy cuya biografía no tiene nada de especial. Perteneció a una generación intermedia de artistas que en la posguerra española recibió las influencias de Tápies y del informalismo y que se encontró en medio de las promociones vanguardistas. Fundó, en 1957, con Hernández Pijuán, Rovira Brull y Carles Planell el Grupo Sílex. En 1959, junto con Subirachs y Jordi Curós, creó la Escuela de Barcelona.

Eduard Alcoy, surrealismo de la vanguardia
Eduard Alcoy - Possibles autómates
Pero es que Alcoy habla por su arte. Palabras tan machacadas y que han perdido todo su significado como “único”, “increíble”, “peculiar” o “exclusivo” adquieren con el mataroní toda su dimensión. Uno ve un cuadro de Alcoy y lo reconoce entre un millón. No hay otro igual, no hay nada similar.


La primera contemplación es cómo un guantazo en la cara que no duele pero aturde. Llega en el acto un huracán de sensaciones, de imágenes, de preguntas y de estímulos en sus enormes mundos repletos de minuciosos detalles y de símbolos escondidos en los lugares más insospechados e inverosímiles. Escaleras que salen de ningún lado y abocan a la nada, demonios de brazos articulados, medias caras sin frente, relojes, números, animales, balcones, matorrales, figuras del ku-klux-klan, quijotes, locos, marcos, peces, sombreros, cuervos, toreros, mujeres bizcas, monóculos y, de repente, un vacío enorme.

Alcoy creó una geometría cósmica y humana que hereda los hallazgos de toda la pintura figurativa desde El Bosco al cubismo, pero dentro de un ambiente peculiarísimo, como si la aportación del pintor fuera fundamentalmente el medio ambiente idóneo para que vivan sus criaturas, como dijo dijo Vázquez Montalbán. En este mundo tan delirante y macabro como lleno de humor y de ironía es fácil perder la perspectiva y sentirse confuso y obnubilado. Pero ahí está la gracia. No es un producto de consumo rápido, hay que visitarlo, revisitarlo, quedarse con un detalle, descubrir otro que no vimos las diez primeras veces, preguntarnos por qué aparece un pez con patas encima de una máscara roja de la que sale un brazo y dos piernas encima de un torso azul montando en una casa de tejado amarillo con una figura con gafas de sol dentro en la que se apoya una escalera de la que sobresale un molinillo de café azul. Porque todo ello tiene un mensaje. ¿Cuál? Analizar se puede analizar todo y llenar más líneas que detalles en sus obras intentando explicar qué quiso decir, qué quería representar o por qué narices. Pero todo eso sería aburrido, absurdo y redundante. Pasen, vean y disfruten.

Caos I. del pintor surrealista Eduard Alcoy
Eduard Alcoy - Caos I.