Junto a Saura, Millares, Canogar, Chirino o Serrano entre otros, Manuel Viola fue miembro del grupo artístico de mayor relevancia  en la vanguardia española de posguerra. La mánager y cofundadora de nuestra galería desde 1971 hasta 2001 nos explica algunas jugosas anécdotas:

Manuel Viola artista aragonés expresionista
Manuel Viola: Fragua glacial
       "Viola había nacido en Zaragoza. Su padre era aragonés, su madre de la comarca de Lérida. Después de haber combatido en la Guerra Civil tuvo que refugiarse en París. Para sobrevivir, uno de sus trabajitos se lo dio Picasso. Contaba Viola: “La gente dice que he conocido a Picasso. Yo no le conocí, lo que hacía era sacar su perrito a hacer sus necesidades!” Y añadía: “Era un hombre muy duro! No me gustaba! Un hombre que nunca parpadeaba! Pero nunca!

Viola hablaba mezclando el Español, el Catalán y el Francés. Era imposible entenderle si no se tenían conocimientos de estos tres idiomas. No dormía nunca y tenía una vitalidad tremenda.

Cada año, Sala Gaudí le invitaba, junto con otros artistas, a acudir a la Feria de Arte de Basilea. El escultor Anglés solía compartir la habitación del hotel con él. Aparecía, por la mañana completamente grogui. Viola no había parado de hablarle en toda la noche, pero Anglés se lo perdonaba, por la personalidad arrolladora de Viola, porque había vivido tantos acontecimientos, conocido a tanta gente y porque revestía todos sus relatos de cierta magia y surrealismo.

Viola era una persona tremendamente desorganizada. Su mujer contaba varias anécdotas: se olvidaba de apagar el grifo de la bañera, por ejemplo. En Basilea, todo el grupo de Sala Gaudi estaba pendiente de recuperar los billetes de banco que Viola se dejaba olvidados en cualquier sitio. Ni siquiera era consciente. ¡Y era una gran persona! Una mañana, en una exposición en Sala Gaudí, entró una señora que venía del mercado con su bolsa de la compra. Probablemente nunca habría pisado una galería. Empezó a mirar las pinturas de Viola. Viola se le acercó, le preguntó que le parecían los cuadros y la señora contestó que le gustaban, que estaban muy bien. Se colocó delante de la obra más pequeña y le dijo: “¿Cuánto cuesta?”. Viola le contestó: “500”. La Sra. entusiasmada replicó: “Ah pues, no es caro, me lo llevo.” Ese cuadrito valía 500.000 pesetas, una auténtica fortuna. A Viola le hizo tanta gracia que descolgó el cuadro, cogió las 500 pesetas que le daba, e ilusionado por la sencillez y el interés de aquella mujer le entregó la pintura."